Parece que Cristina Fernández sacó alguna enseñanza de su última batalla
contra Daniel Scioli. Esa pelea puso a prueba dos estilos antagónicos: la
habitual rudeza política presidencial contra la
mansedumbre
irreductible del gobernador. Aquella batalla, originada en la reticencia del
Gobierno para ayudar financieramente a Buenos Aires, recién cesó cuando la
Presidenta advirtió que en las encuestas la mansedrumbre doblegaba a la
ferocidad.
No es que Cristina, de repente, se haya ataviado con una piel de cordero.
Pero en las últimas apariciones públicas se advierte un retroceso de su lenguaje
dogmático y una frecuente apelación a cuestiones emocionales, a latiguillos (
“Siempre más, nunca menos” ) de contenido barato. Fue posible advertir
ese viraje en las dos cadenas nacionales que dispuso la semana que pasó. Se
regodeó con un dibujante (Miguel Rep) al participar desde Tecnópolis en la
inauguración del pabellón argentino en la Bienal de Venecia. Disfrutó con
artistas, intelectuales y barras camporistas cuando anunció la construcción de
un inopinado Polo Audiovisual en la Ciudad y otorgó los primeros 100 créditos
del nuevo plan nacional de viviendas. Ya a mediados de agosto se había rodeado
en la Casa Rosada con los deportistas olímpicos y conjeturado que en los ocho
años kirchneristas la Argentina obtuvo más medallas que en toda la historia de
su participación en la competencia.
Farándula, deportes y corazón : los ingredientes dilectos de la receta
política sciolista.
La
sciolización de Cristina respondería a una necesidad coyuntural.
Sucede que la irascibilidad permanente no ayuda en un momento en el cual los
problemas económicos, sociales y de inseguridad han modificado el humor público,
en especial de las grandes urbes. Pero las mañas tampoco se regalan.
Cristina mantiene una tregua precaria con Scioli, luego de su mal trago, pero
no escatima dardos cuando enfrente tiene a Mauricio Macri. Presentó el proyecto
del Polo Audiovisual como una novedad e invitó a participar al macrismo. Ya
existe en el norte de la Ciudad una zona destinada a esos quehaceres. La semana
pasada, también, el Gobierno nacional y el porteño evitaron al menos por un mes
otra huelga salvaje en los subtes. Fueron liberados fondos del Banco Nación para
el pago de subsidios a la empresa Metrovías. Pero el pleito de fondo sigue
igual:
nadie se hace cargo de la responsabilidad política del
servicio.
La Presidenta, en esta versión remozada, parece haber extraviado calidad en
su lenguaje político. Adula con insistencia a los jóvenes –prólogo, tal vez, del
proyecto en ciernes para que voten los menores– y defiende el proselitismo de La
Cámpora en las escuelas
con la misma candidez con que Caperucita andaba
por el bosque. El macrismo respondió,
quizá de forma impropia,
inaugurando una línea telefónica en la jefatura porteña para que los ciudadanos
denuncien esos abusos políticos. En los primeros días hubo un promedio de
mil
quejas diarias. Como coletazo de la pelea, el Gobierno de la Ciudad sancionó
a docentes trastornados que parodiaron delante de alumnos y de sus padres a
Macri y a Esteban Bullrich, el ministro de Educación. Cristina aludió al jefe
porteño como
un supuesto liberal, pero le endilgó, por esa represalia,
actitudes fascistas.
Habrá que agradecerle a Cristina la novedad de haber descubierto a un
dirigente liberal en Macri. Aunque su liviandad para referir al fascismo tal vez
permita pensar en su gruesa imprecisión a la hora de definir las categorías
históricas del pensamiento.
¿Es fascista una sanción disciplinaria –que pudo haberse evitado– y no lo
es intimidar por cadena nacional, como hizo ella, a un agente inmobiliario o
perseguir con la AFIP a ciudadanos que no comulgan con el Gobierno?
Hay otras cuestiones en el discurso presidencial que son las de siempre. Un
trabajo de una universidad sobre los mensajes de Cristina de este año por TV
indica, por ejemplo, que cada minuto y 20 segundos refiere a ella misma. Un
espejo, probablemente, de cómo entiende el ejercicio del Gobierno y el
funcionamiento de su esquema de poder. En ese entramado se esconden casi siempre
las tramoyas. La Presidenta utilizó la cadena nacional, para anunciar con bombos
un centenar de créditos para la vivienda de 400 mil que prometió otorgar por
sorteo. Primero: esos sorteos son para que la gente acceda a un turno que los
acerque al trámite, no al crédito. Segundo: de acuerdo con estadísticas actuales
sólo el 8% de los que se postulan reúnen condiciones de sujeto
crediticio.
Bien mirado, ese porcentaje podría estar brindando una fotografía fiel de la
realidad social. Las condiciones de esos créditos son flexibles pero ni aún así
una mayoría social humilde está en aptitud de afrontarlos.
Sucede que la Presidenta y el kirchnerismo parecen haber llegado lejos con la
creencia del relato propio que supieron construir con eficacia política. Algo
similar pasó en el Consejo del Salario que fijó la nueva remuneración mínima.
Cristina alardeó que el nuevo salario mínimo –cuyo monto completo de $ 2.875
recién empezará a regir en febrero– representaría
un crecimiento del
1.338% respecto del que estaba vigente en el 2003, cuando los Kirchner
llegaron al poder. La Presidenta omitió en esa cifra monumental un detalle:
la inflación acumulada en esta década.
Si se computaran los índices de precios que miden las provincias (no el INDEC
ni las consultoras privadas) el aumento real rondaría
el 183% . Un
desmenuzamiento no resultaría halagüeño para el ciclo cristinista:
el mayor
aumento del salario mínimo se registró entre 2003-2007 con un 164%.
El pequeño resto correspondió a los últimos cinco años.
No es el salario mínimo el único tema que le juega una mala pasada al relato
kirchnerista. También empieza a notarse un desacople con el proyecto de la
reforma constitucional para permitir la re-reelección de Cristina. La Presidenta
criticó siempre las políticas neoliberales de los 90 en la región y las vinculó
con el Consenso de Washington. Los intelectuales de Carta Abierta acaban de
pronunciarse en favor de la reforma –gambetearon la reelección– para adecuar la
Constitución a las nuevas transformaciones del país y evitar que “los agentes de
la repetición y del conservadurismo argentinos” liquiden esas
transformaciones.
Pues bien. La década del 90
fue pródiga en reformas que promovieron
Alberto Fujimori en Perú, Carlos Menem en la Argentina y Fernando Henrique
Cardoso en Brasil. Con esa Carta Magna los Kirchner repitieron
tres
mandatos , Lula cumplió dos períodos y construyó la herencia de Dilma
Roussef. Chile y Uruguay no hicieron ningún cambio pero llevaron al poder a
fuerzas no tradicionales. El Frente Amplio uruguayo concretó, más allá de las
valoraciones políticas sobre Tabaré Vázquez y José Mujica, la transformación
sistémica más trascendente de la región. El tiempo del siglo XXI, en cambio,
reconoce cuatro reformas constitucionales, dos de ellas con el único objetivo de
la perpetuación en el poder: Venezuela, con Hugo Chávez, y Ecuador, con Rafael
Correa.
¿A ellas estará refiriendo el impulso kirchnerista para imponer aquí una
nueva reforma?
Cristina sonrió la semana pasada cuando la interrogaron sobre la reelección.
La oposición, pareció abroquelarse detrás de una futura resistencia. Pero los K
son tenaces: volvieron a abrir fisuras en aquel arco cuando lanzaron la idea de
incorporar a los menores de entre 16 y 18 años para votar el año próximo. Serían
más de un millón y medio de nuevos votantes que, según la óptica oficial,
podrían ayudar a una victoria legislativa amplia que le permita sondear la
posibilidad de los dos tercios para consagrar en el Congreso la necesidad de la
reforma.
El kirchnerismo piensa sólo en términos electorales y de poder. Los menores
pueden ser un buen instrumento. La oposición muestra dos caras: la que piensa
similar a los K y la que empieza a darle consistencia (UCR-PRO) a los argumentos
de la réplica. Aquella argucia electoralista obligaría quizás a un debate más
amplio y sensible:
el de la responsabilidad general de los menores ante la
ley.
Si se les concede, en efecto, el derecho de votar: ¿cómo deberían responder
en otros campos? Por caso, al verse involucrados en situaciones de homicidio,
delito o inseguridad.
El debate sobre los menores tiene nexo con el plan reeleccionista. Pero ayuda
también a levantar una gruesa cortina de humo que tape los problemas que acechan
al Gobierno. Algo parecido sucedió con la ofensiva de la AFIP contra la evasión
en el fútbol: en apenas una semana
fue archivada por la Justicia la causa
por los pases irregulares de futbolistas.
Ambas cosas estallaron mientras el Gobierno intentó acallar el escándalo
Ciccone sancionando su estatización. A la par, Amado Boudou, principal
sospechado, inició una gira musical por el interior. El papel del vicepresidente
resulta ya esperpéntico.
El Gobierno sigue ocultando la identidad de los dueños de Ciccone, a quienes
habría que indemnizar por la expropiación. También echó candado sobre el fondo
de inversión The Old Found, que levantó la quiebra de la imprenta con dinero de
paraísos fiscales. Fuentes judiciales presumen que
se estarían ordenando
secretamente algunos documentos de aquel fondo de inversión. Tal vez para
encubrir a algún pescado muy gordo.
Demasiado gordo.
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Cristina, el giro sciolista y la re-reelección
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Pese a que las encuestas coinciden en señalar que cerca del 70% de los consultados se oponen a la reforma constitucional con la inclusión de la cláusula reeleccionista, el gobierno intentará que antes de fin de año se sancione una ley que declare la necesidad de la reforma, sin que la misma hable de reelección. Razones para el apuro hay: en el Senado el kirchnerismo perderá el año que viene varios aliados, por ejemplo, el porteño (ex ARI) Samuel Cabanchik y también se irá Daniel Filmus. También hay en la Casa Rosada expectativas sobre los salteños Juan Carlos Romero y Sonia Escudero, que dos semanas atrás sorpresivamente votaron la ley de expropiación de la ex Ciccone. Una especulación es que éstos apuntarían a lograr el apoyo del gobierno -o por lo menos su neutralidad- para la elección de senadores en Salta el año que viene. Entonces Romero se enfrentará con el gobernador Juan Manuel Urtubey, que postula a uno de sus hermanos como primer senador. Hay quienes sostienen que CFK podría inclinarse por favorecer a Romero porque no es un presidenciable como Urtubey.
En diputados el cristinismo está lejos de alcanzar los dos tercios de votos de los miembros que exige el artículo 30 de la Constitución Nacional. La precisión del actual texto de esta norma hace muy difícil -y sobre todo escandaloso- que el oficialismo aplique la llamada “doctrina Durañona y Vedia”. Ésta sostenía, interpretando la derogada redacción del artículo 30, que solamente se necesitan dos tercios de los presentes. Pero como la desesperación es grande, es probable que el cristinismo acuda a ese mecanismo, apostando a que el escándalo que automáticamente se produciría no tenga consecuencias graves. O sea que, ante los reclamos que le llegarán, la Corte Suprema no se atreva a declarar la inconstitucionalidad de la ley de reforma. También la iniciativa de que voten los mayores de 16 años y los extranjeros con más de dos años de residencia es otra carta desesperada para las elecciones del 2013. Y en el mismo sentido, corre la manipulación del calendario electoral, ya que circulan versiones sobre elecciones en mayo, junio, julio y octubre. El gobierno sabe que, con la economía parada, aunque hayan logrado instalar que lo peor ya pasó, la gente está cuidando el trabajo y se preocupa por llegar a fin de mes, debido a la creciente inflación. Pero hay un ítem que es favorable al gobierno en comparación con otras experiencias. Cuando Carlos Menem intentó sin suerte la re-re, tenía una desocupación cercana a 20 puntos. Y pese a que la economía creció al 8% en 1997, perdió las elecciones legislativas frente a la Alianza de los radicales y frepasistas. Actualmente la situación económica es mejor que entonces, ya que sólo se perdió empleo informal y los niveles de empleo se vienen manteniendo. Por otra parte, no hay que descartar una posible recuperación de la economía el año que viene, del orden del 2,5% del PBI. Asegurar que no se perderá empleo es un capital importante para el gobierno, quizás el único a favor en estas elecciones de medio término. Pero es un factor mucho más importante que todos los demás que juegan en contra, como el crecimiento amarrete, la inflación, el hastío de muchos años de autoritarismo y el hecho de que en las legislativas las elecciones no suelen polarizarse.
Plan B
En caso de que el cristinismo no consiga la ley de reforma este año o el que viene, ya se habla de posibles delfines. Si bien en el oficialismo está prohibido hablar de un Plan B, algunos en Olivos piensan que, aunque el cristinismo no pueda ganar las elecciones presidenciales del 2015, igual le sobrará para llegar a la segunda vuelta con suficiente peso como para negociar su impunidad por los delitos de corrupción. Como delfín de CFK se anota Jorge Milton Capitanich, que luce como el kirchnerista más afín a los EEUU. Mientras tanto, en las filas de La Cámpora se piensa en alguien más emblemático y además representativo del recambio generacional, como seria Juan Manuel Abal Medina.
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