julio 8, 2012 By Jorge
Raventos
La pacífica sublevación de la policía de Santa Cruz -la
provincia emblemática de la era K-, la extensa y hasta ahora irresuelta
situación del yacimiento chubutense de Cerro Dragón, las movilizaciones por la
inseguridad en el conurbano bonaerense, la sequía financiera y el bombardeo
político al que se somete desde el gobierno nacional a Daniel Scioli son otras
tantas fotografías que revelan el progresivo debilitamiento del poder
central.
Si bien se mira, ese decaimiento se manifiesta ahora en todos los terrenos
que le sirvieron de sostén en sus momentos de auge: el “relato” y el respaldo de
la opinión pública; “la caja”, es decir la disposición de recursos abundantes
para garantizarse apoyos y disciplinamiento; y, finalmente, el control de la
calle. El deterioro está, de todos modos, matizado por la agresividad y la
confrontación que forman parte de sus rasgos genéticos. La combinación va
empujando al centro de la escena a muchos personajes que hasta hace días o
semanas eran piezas del elenco oficialista y ahora empiezan a protagonizar, con
mayor o menor actividad inmediata, un enfrentamiento, una quiebra o, al menos,
una toma de distancia.
El relato y el respaldo de la opinión pública
El momento electoral de octubre había marcado un pico en la recuperación del
vínculo del gobierno con la opinión pública. Aunque nunca volvió a tener los
índices superlativos de los primeros años de Néstor Kirchner, desde la muerte de
éste hasta el parate en las encuestas que empezó a manifestarse a fines de 2011,
la Señora parecía haber conseguido el milagro del ave fénix. Sin embargo ese
resurgimiento tuvo la vida de un lirio.
La verosimilitud del “relato oficial” había empezado a agrietarse ya antes de
la elección de octubre, con el caso Schoklender-Bonafini, en el que se mezclaron
el uso faccioso de la bandera de derechos humanos a través de su organización
más emblemática y más asociada al gobierno, el desvío de fondos públicos y la
estafa a la ilusión de la casa propia de los sectores más vulnerables. Esa
grieta no se ensanchó tanto como para dañar electoralmente a la presidente en
octubre, pero era un punto vulnerable y a él se sumarían otros en las semanas y
meses siguientes.
Los encuestadores encuentran un punto de inflexión en febrero de 2012: allí
el parate se convirtió en declive. En febrero, cuando ya se anunciaba el ajuste
(“sintonía fina”) ocurrió la catástrofe de Plaza Miserere (51 muertos, decenas
heridos), volvió a discutirse el estado de los ferrocarriles y el destino de
millonarios subsidios y se entreabrieron las compuertas. Casi en paralelo con el
estallido de ese escándalo trepaba a los medios el tema Ciccone: el
vicepresidente Boudou (una selección personalísima de la Presidente) empezó a
transformarse en una insoportable pesadez para el gobierno, en un lastre del
que, de todos modos, decidió no desprenderse.
De todos modos, el efecto Boudou enseguida compitió con otros: inflación,
inseguridad, control del dólar, trabas al comercio exterior y efecto
destructivos sobre la producción nacional, temor ante el tarifazo en los
servicios públicos.
El estilo discursivo de la presidente, que se había suavizado hacia octubre e
inmediatamente después del comicio, retomó su tono más conocido:
auto-referencial, tenso, ácido. Resultado: las encuestas registran 20 puntos de
caída en su imagen.
Más allá de las encuestas, también los hechos registran la caída: la Plaza de
Mayo y sus inmediaciones colmadas por la convocatoria de Hugo Moyano diez días
atrás estaba llena de personas que seis meses atrás votaron a la Presidente.
La caja y la provincia de Buenos Aires
La caja, el manejo virtualmente discrecional de los recursos del Estado, ha
sido instrumento fundamental en el disciplinamiento político que consiguió el
sistema K, tanto durante la presidencia de Néstor Kirchner como con su esposa.
Sucede que esos recursos ya no son lo que eran. Las cuentas públicas hace tiempo
que perdieron la holgura de los años de superávit. El tiempo de abundancia
terminó. Y la culpa no parece tenerla “el mundo”: los precios de la soja no
dejan de subir.
Las complicaciones que la economía va presentando y que amenazan con
agravarse rápidamente tienen causas predominantemente endógenas, que responden a
decisiones y rumbos definidos desde el poder.
Golpeado por la crisis fiscal, por la consecuencia de sus propias decisiones,
el gobierno se endurece ante los reclamos del sindicalismo (eliminación del
impuesto al salario, devolución de las deudas a obras sociales, actualización de
jubilaciones), aprieta la soga a las provincias y tiende a endosar a otros
(trabajadores, provincias, jubilados, empresas) la “sintonía fina” que el propio
Estado central se resiste a ejercer sobre sus propios gastos.
El gobierno de Cristina de Kirchner sólo le giró a la provincia de Buenos
Aires 1.000 millones de pesos de los 2.800 que le había prometido y lo obligó a
anunciar el desdoblamiento del pago de aguinaldo a una parte de los empleados de
la provincia. Previsiblemente, Scioli tuvo que afrontar una medida de fuerza de
amplio alcance. Paralelamente las baterías oficialistas disparaban sobre el
gobierno bonaerense: la Casa de Gobierno le reclamaba “gestionar bien”, el
vicegobernador Gabriel Mariotto, ariete del centralismo, lo acusaba de practicar
un “ajuste neoliberal”.
Un intendente del Gran Buenos Aires, Darío Díaz Pérez, de Lanús, en una
reunión ante un centenar de funcionarios realizada en el auditorio del Palacio
Municipal, afirmó que la mismísima señora de Kirchner, en un encuentro con
intendentes del conurbano en la Residencia Presidencial de Olivos, había dicho
de Scioli: “Que se vaya de la Provincia, que me la deje sola, que la gobierno yo
y seguramente la salvo. No sabe gestionar, es un desastre. Es insostenible lo
que pasa en la provincia”. El propio Díaz Pérez agrego ataques de su propia
cosecha al gobernador y todo -narración y ataques del intendente- quedó
registrado en una grabación que se hizo pública.
- La vastísima estructura de prensa de la Presidencia no produjo ninguna declaración que desmintiera o repudiara los dichos de Díaz Pérez. El senador Aníbal Fernández -que supo ser vocero calificado de la Casa de Gobierno, pero últimamente actúa como agente libre- comentó a una radio: “No me la imagino diciendo semejante cosa ante cualquier interlocutor, mucho menos expresándolo”. Esas palabras pueden considerarse una descalificación de Díaz Pérez, pero no parecen una desmentida.
Y, sin embargo, un rechazo oficial a esa versión no hubiera estado mal,
considerando que virtualmente le atribuía a la señora de Kirchner una actitud
“destituyente” (o, cuando menos, pesadamente descalificatoria) que por otra
parte desafinaba en relación a la que ella y su gobierno adoptaron frente a los
sucesos que le costaron la presidencia a Fernando Lugo en Paraguay.
Numerosos observadores adjudicaron los ataques centralistas a Scioli a la
prevención del cristinismo frente a la posible candidatura presidencial del
gobernador en 2015. Sobre todo, al hecho de que el gobernador supera claramente
a la señora de Kirchner en las encuestas. La ventaja a favor de Scioli en
materia de imagen positiva es de más de 10 puntos y cuando se compara lo que las
consultoras llaman “diferencial” (imagen positiva menos imagen negativa) esa
ventaja es mucho mayor, cercana a los 30 puntos. Sucede que la imagen negativa
de la Presidente es alta (alrededor de 35 puntos) y la del gobernador
notablemente baja para alguien que lleva tantos años de gestión (15 puntos).
Scioli, fiel a su estilo, decidió no quejarse por la cortedad del giro del
gobierno nacional. Lo agradeció y disculpó que la cifra no fuera la esperada
(“será porque no tienen más recursos”, justificó), pasó por encima de las
descalificaciones, inició conversaciones para cubrir el faltante de dinero con
recursos propios (vendiendo activos financieros propiedad de la provincia) y se
diferenció en la práctica citando a una conferencia de prensa donde durante una
hora y media respondió al interrogatorio abierto de decenas de medios. Allí
explicó que la provincia es la que más aporta a los recursos nacionales y la que
menos coparticipación per cápita recibe (una cuarta parte de la media
nacional), que redujo marcadamente su endeudamiento y que es la provincia que
más se financia con recursos propios; agregó que el “fondo del conurbano”, que
en los 90 se concibió para compensar a la provincia de Buenos Aires por su bajo
porcentaje de coparticipación, se congeló en pesos y hoy se ha transformado en
una cifra insignificante.
La conferencia de prensa del gobernador (un recurso que el gobierno nacional
parece tener vedado) planteó la posibilidad de que la provincia de Buenos Aires
salga con esfuerzo propio de la difícil situación en la que ha sido colocada
(donde ni siquiera puede buscar financiamiento externo porque la tasa de
riesgo-país que sufre Argentina impone costos impagables). Para ello necesita
aprobar una ley económica en la Legislatura, para la que requiere apoyo. ¿Se lo
ofrecerán los sectores del oficialismo que responden localmente a La Cámpora y
al vicegobernador, o ellos están trabajando para sumar obstáculos antes que para
sacarlos?
El ejemplo bonaerense es ilustrativo de una situación que pasan otras
provincias, muchas de las cuales probablemente no cuenten con los recursos
propios a los que Buenos Aires está en condiciones de apelar. El gobierno
central, que manejó la caja abundante de otros tiempos como método de
disciplina, ahora, a través de la acción de fuerzas políticas propias en los
distritos, pretende usar la crisis fiscal para debilitar a quienes aspiran a
moverse con autonomía.
La caja y la calle
El Estado Central quiere recursos y pretende despojarse de las cargas (tanto
de las políticas como de las financieras), y les advierte, además, a todas las
provincias que deberán valerse por sí mismas en cuestiones de seguridad,
virtualmente sin ayuda federal. La Presidenta decidió que no empleará a la
Gendarmería en conflictos de orden provincial, sólo la usará para defender
objetivos del estado central.
El retiro de la Gendarmería es paradójico y conduce al tercer pilar en que se
sostuvieron los gobiernos K: el control de la calle. El gobierno desplegó a la
Gendarmería lejos de sus destinos habituales y sobre todo en el conurbano
bonaerense previendo conflictos sociales en 2012 y en paralelo con las tensiones
con Hugo Moyano. El alejamiento del gremio camionero de la coalición
oficialista, sumado al desgranamiento de las organizaciones sociales piqueteras
(muchas de las cuales actualmente marchan como opositoras) le hizo perder
recursos que durante mucho tiempo le habían permitido el control de la calle.
Trató de compensar ese vacío con la presencia de Gendarmería. Y al frente del
dispositivo de seguridad puso a un teniente coronel: el secretario de Seguridad
Sergio Berni, que en los papeles -pero sólo allí, no en los hechos- depende de
la ministra Nilda Garré.
Berni estuvo a la cabeza del operativo para impedir el bloqueo camionero a la
planta de YPF en Matanza (el bloqueo se mantuvo, no hubo enfrentamientos, el
secretario negoció bajo cuerda la salida de media docena de camiones por
portones no bloqueados) y también condujo el desembarco de gendarmes en el
yacimiento Cerro Dragón, a 60 kilómetros de Comodoro Rivadavia, ocupado (y
desmantelado) por la durísima protesta de militantes del gremio de la
Construcción (Los Dragones).
En uno y otro punto hubo presencia de la Gendarmería, pero no hubo
intervención de la fuerza. El inopinado comentario presidencial sobre el
accidente que sufrió ómnibus en que los gendarmes volvían de Chubut (“Querían un
muerto, ahí lo tienen…”) en su discurso del martes 26, parece un eco sombrío de
la resolución oficial de retirar los gendarmes del yacimiento ocupado. En Chubut
el yacimiento de Cerro Dragón pasó de la ocupación al control periférico por Los
Dragones (al parecer fruto de la misma negociación que devolvió a los gendarmes
a sus lugares de origen) que también decidieron bloquear varias rutas de Chubut,
entre otras, la ruta 3, que es una ruta nacional. La tarea de seguridad debió
asumirla la policía chubutense. Y el gobierno provincial tuvo que pilotear la
negociación entre las partes involucradas.
Entretanto, la policía de Santa Cruz, la provincia de la presidente, se
autoacuarteló: reclama por sus salarios. Allí se cruzan nuevamente el tema de la
caja y el del control de la calle.
Lógicamente, se observan deslizamientos a posiciones críticas en gobiernos
provinciales. El motor que los impulsa es la economía. Las dificultades para
pagar sueldos y gastos. Aunque después fue presionado para que los desmintiera,
el gobernador de Tucumán, José Alperovich, pronunció comentarios elogiosos sobre
su colega bonaerense. Y su esposa, la senadora (y presidente provisional de la
Cámara Alta, tercera en la línea de sucesión presidencial) Beatriz Rojkés de
Alperovich, elogió fuertemente a Hugo Moyano. El riojano Jorge Yoma reclamó por
el cierre de la planta Nucete, de aceitunas: habló de “soberbia e ineficiencia”
del gobierno nacional que “no escucha los problemas provinciales”. El gobernador
de Río Negro, Alberto Weretilneck, se quejó por la pérdida del mercado brasilero
para la fruta del Alto Valle. Aceituneros y fruteros culpan al “proteccionismo”
de Moreno y la Presidente.
La retracción económica se observa fuertemente en el interior y coincide con
una creciente conciencia sobre la centralización de los recursos y la caída de
la distribución federal y la coparticipación. Las conversaciones sobre
cuasimonedas -negadas en público- se vuelven frecuentes, aunque
semiclandestinas.
Aunque es improbable que el gobierno abandone de buen grado su programa -la
“profundización del modelo”- , lo cierto es que ha ido perdiendo los
instrumentos que podrían permitírselo.
Con su relato perforado, en retirada en
la opinión pública, con la imagen presidencial golpeada y debilitada,
transitando una crisis fiscal, y con un control de la calle en la que debe
depender de la Gendarmería, el gobierno ya no tiene, siquiera, el combustible
del 54 por ciento que parecía un cheque al portador seis meses atrás. Hoy
también esa cifra está devaluada.
Publicado por informadorpublico.com

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