El vínculo político y personal de Cristina Fernández con Daniel
Scioli y Hugo Moyanoestá definitivamente roto . Esas rupturas podrían ser presagio
de dos cosas: una crisis institucional que, antes o después, arribará a
Buenos Aires; una fuga inevitable de identidades peronistas que la Presidenta deberá pensar en
reemplazar explorando, tal vez, nuevos caminos. Habrá que ver si redobla la
apuesta con La Cámpora y los movimientos sociales, como hizo con éxito en
octubre. Habría que ver, también, cuánto hilo le quedan a esas organizaciones
para cubrir el vacío que se abrirá en el espacio oficialista.
El gobernador de Buenos Aires
se terminó de convencer del divorcio cuando, luego de muchos cabildeos, decidió
hablar por teléfono con la Presidenta antes de la rueda de prensa en La Plata
el sábado anterior.
Fue una
conversación mala que Cristina abrió con gritos y reproches.
Cuando ganó serenidad dejó
explayar a Scioli aunque varias veces lo interrumpió con la pregunta: “¿Pero
qué es lo que querés?” Al final le prometió colaboración, es cierto, como se la
prometió a todos los mandatarios dos de las tres veces que esta semana habló
por cadena nacional. Sólo el voluntarismo del gobernador bonaerense pudo
convertir ese desencuentro en un supuesto gesto político amistoso.
Scioli siempre había apartado a
Cristina de responsabilidades en la guerra que le desató el cristi-kirchnerismo
desde que arrancó su segundo mandato. Llegó a creer, incluso, en la buena fe de
Gabriel Mariotto. El vicegobernador fue impuesto por la Presidenta contra sus
deseos. Pero lo recibió con elogios y abrazos. Tuvo a modo de respuesta
indiferencia y hostilidad.
La primera amenaza que le hizo
ruido, de verdad, fueron sus encuentros con Hernán Lorenzino . El ministro de Economía le pidió, en
nombre de Cristina, la sanción de la reforma tributaria bonaerense que incluyó
el revalúo inmobiliario rural. A cambio le prometió la ayuda de $ 2.800
millones para abonar sueldos y aguinaldos en la Provincia. Aquella reforma fue
sancionada y el Gobierno sólo giró $ 1.000 millones. Cuando Scioli lo encaró a
Lorenzino, el ministro le contestó con una frase y una pícara sonrisa: “No
podemos mandarte más. Qué le vamos a hacer....” El ministro de Economía, arropado en
un perfil intrascendente, ha pasado a ser en esta historia un funcionario al
cual no convendría restarle atención. Lorenzino fue director de Políticas de
Financiamiento de Buenos Aires durante la administración de Felipe Solá.
Intervino en el rescate de los patacones de la poscrisis. En el Gobierno
afirman que es quien mejor conoce los dislocados números de la economía
bonaerense . También, quien
le suministra diariamente a Cristina información económica de esa provincia,
apuntando los supuestos desmanejos en que, a juicio suyo, incurriría Scioli.
Hay quienes presagian que,
según sea el rumbo que tome el pleito entre la Nación y Buenos Aires, Lorenzino
podría ser designado para el monitoreo financiero directo de la administración
sciolista.
Una especie de interventor en
el área que conduce Silvia Batakis. Nada podría hacerse, claro, con la
oposición de Scioli. Pero el gobernador parece dispuesto a no librar ninguna
batalla frontal.
¿Dejaría
Lorenzino el Ministerio de Economía? Tal vez ese dilema podría zanjarse con un
pedido de licencia. Tampoco su salida constituiría un problema insoluble para
Cristina: la economía gira en torno a las decisiones del supersecretario, Guillermo
Moreno, y en menor escala también del viceministro, Axel Kicillof.
La ofensiva cristi-kirchnerista
en Buenos Aires posee una llamativa sincronización. Al ahogo financiero que
forzó a Scioli a pagar los aguinaldos desdoblados –que desató una oleada de
huelgas y protestas– lo acompañó una catarata de críticas de los principales
funcionarios y legisladores K. Mariotto, que preside el Senado provincial,
resolvió abonar de una sola vez el aguinaldo en la Legislatura. Lo mismo
anunció la Suprema Corte bonaerense. Curioso: el dinero que falta en el Poder
Ejecutivo parece alcanzar en los demás.
El cerco sobre Buenos Aires se
extiende hasta fronteras impensadas. Scioli botó el jueves en el Astillero Río
Santiago el segundo buque más importante en tamaño construido en esa fábrica en
los últimos 30 años. Está destinado a la petrolera estatal de Venezuela, PDVSA.
El convenio había sido firmado por la propia Cristina con Hugo Chávez y
contempla la construcción de una segunda nave. El gobernador debió presidir la
ceremonia en soledad. Ningún funcionario del Gobierno nacional asistió. Tampoco
el embajador venezolano, Carlos Martínez Mendoza, que habría recibido
sugerencias desde la Casa Rosada para ausentarse.
El tendido de aquel cerco
pareciera facilitarse para los K debido a la estrategia fofa de Scioli. El
pecado no es de ahora. Nació el minuto en que Cristina le estableció
condiciones para su candidatura a gobernador. Scioli había tenido también
fricciones con Néstor Kirchner en su primer mandato. Pero siempre un encuentro
a solas o alguna fugaz conversación las aplacó. No tiene ninguna de esas
posibilidades con la Presidenta.
¿Qué
hacer?, es la
pregunta que más circula ahora en el atribulado universo del sciolismo.
Blanquear la ruptura podría ser, tal vez, una aproximación al abismo. Hay un
largo camino por recorrer todavía hasta las elecciones del año que viene. Ese
tránsito deberá hacerse en condiciones económicas y sociales distantes de
cualquier bonanza. El peronismo nacional está acurrucado: sólo José de la Sota
pulsea silenciosamente para no ser presa también de la asfixia financiera
cris-kirchnerista. El resto de los gobernadores, en dificultades o no, calla.
Tampoco Scioli edificó en
Buenos Aires un sistema de alianzas que lo proteja del embate.
Se
ampara sólo en su popularidad.
Tiene comunión política con
intendentes aunque pocos son del poderoso conurbano. Esos hombres se
acostumbraron a responder los llamados de Olivos. La oposición actúa, como en
demasiados casos, de privilegiada espectadora.
“Difícil
defender a Scioli si Scioli no se defiende”, arguyen. Les asiste, quizás, una parte de
razón. Pero se trata de un conflicto que avanza hacia una crisis institucional
y que tiene
de rehenes, por un disparador
político, a millones de habitantes bonaerenses.
Tal vez una excepción ha sido
Mauricio Macri. Con timidez alertó sobre las posibles consecuencias de la pelea
entre Cristina y Scioli. Pero teme, además, que algún golpe de fortuna del
gobernador pueda terminar afectando su propio proyecto presidencial. El jefe
porteño y Scioli comparten algunas comarcas políticas y también cierta
potencial clientela electoral.
Los kirchneristas –también
otros que no lo son– remarcan el hipotético error de Scioli por haber explicitado con
tanta antelación su deseo presidencial. El gobernador dijo que pretende ser
candidato únicamente si Cristina no lo fuera. La confesión de Scioli pareció
una excusa para desatar el combate. La embestida cris-kirchnerista hubiera
existido igual porque el oficialismo tiene irresuelta la sucesión. La
popularidad de Scioli constituye una amenaza política y estética para la mirada
presidencial.
Moyano fue el único que se atrevió a defender a Scioli
cuando reasumió la conducción de la CGT fracturada. Su mensaje excedió el campo
gremial: hizo las reivindicaciones de siempre pero advirtió que esa
organización revisará la idea de votar en favor del Gobierno en las
legislativas. Fue sin dudas una palabra destinada a acicatear alguna
candidatura alternativa en el peronismo, todavía muy remisa.
Moyano mencionó tópicos, como
la inseguridad, acorde con un candidato político antes que con un líder
sindical. Pero en cinco ocasiones, además, demandó diálogo al Gobierno. Esa
agenda tendría explicación: el camionero necesita reconciliarse con los sectores medios a los cuales espantó por años con
acciones prepotentes. Liderará una CGT que se pondrá a la cabeza de las
protestas que abundarían a medida que la economía languidezca. Para inquietar
en serio al Gobierno requerirá una musculatura superior que la movilización de
los camioneros y gremios leales. Por ese motivo, la versión amansada del Moyano
que apareció en Ferro.
Los “Gordos cegetistas” y los
“independientes” le dejarán libre hasta octubre el papel reivindicatorio al
camionero. En aquel mes tienen pensado entronizar al metalúrgico Antonio Caló.
Pero
antes deberían zanjar algunas diferencias.
La Unión Ferroviaria desertó
del moyanismo a última hora porque el Gobierno le recordó la situación de José
Pedraza. El titular de la UF está preso por la muerte del militante del PO,
Mariano Ferreyra. Así seguirá hasta que se sustancie el juicio oral. Gerardo
Martínez, el jefe de la UOCRA, fue alguna vez postulado como reemplazante de
Moyano. Resignó esa postulación a manos de Caló. Pero no querría dejar también
su representación sindical ante la OIT.
Cristina deberá hacerle a la
CGT antimoyanista una concesión antes
de octubre. Algo referido quizás al mínimo no imponible. Una concesión a la
dirigencia noventista-menemista que fue la que más bregó para que los
Kirchner olvidaran a la CTA.
Tal vez se trate del mismo
rasgo de época que indica la
ruptura con Scioli y Moyano. Una época empeñada, al parecer, en enterrar los
orígenes del kirchnerismo.
POR EDUARDO VAN DER KOOY.
Publicado por clarin.com
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