La presidenta de la
Nación pudo demostrar en los últimos días que los controles de evasión
impositiva funcionan a velocidad récord cuando se trata de castigar a todo
empresario que ose hacer públicas sus diferencias con la política económica de
su gobierno. En los últimos días, ya venía confirmando que no tendría piedad
con aquellos gobernadores que, comoDaniel Scioli ,
insinuaran su intención de sucederla en 2015.
El mensaje es claro. Cristina Fernández de
Kirchner está dispuesta a emplear todos los instrumentos del Estado para
enfrentar a su enemigo, al que se puede definir como todo aquel que exteriorice
un serio cuestionamiento a las políticas oficiales. Desde el aparato de
recaudación oficial hasta los servicios de inteligencia, pasando por el cada
vez más abusivo uso de la cadena nacional ,
todos los recursos se hallarán a mano de la titular del Poder Ejecutivo para
disciplinar a los disidentes.
El escrache al que la primera mandataria sometió
a una empresa inmobiliaria, luego de que uno de los socios de la compañía se
quejara de la indesmentible caída de las ventas de propiedades tras la
instrumentación del cepo al dólar ,
es sólo una muestra de los abusos de poder de un gobierno que ha llegado en las
últimas horas al extremo de forzar al Banco Central a idear la posible condena
a pesificación perpetua a quienes compren dólares para viajar al exterior y
finalmente no salgan del país.
En el momento de mayor
intervencionismo del Gobierno sobre la actividad privada y de menos respeto por
el derecho de propiedad, la dirigencia empresarial habla poco y nada sobre la
cadena de arbitrariedades oficiales. Prevalece el temor a las represalias. Se
termina imponiendo la lógica que traslucía un viejo eslogan del último régimen
militar de la Argentina, "El silencio es salud", que identificaba una
supuesta campaña de bien público con nefastas connotaciones.
No hay absoluta
inocencia en los representantes del empresariado. Su silencio puede
relacionarse a veces con el miedo a perder un subsidio, una prebenda o una
contratación con el sector público, y muchas veces con la convicción de que no
podrían enfrentar una inspección impositiva de la AFIP.
Los gobiernos
kirchneristas se han ocupado con cierto éxito de alentar una cultura en la cual
la afinidad de los empresarios con los funcionarios sea vista en sí misma como
una potencial fuente de negocios, más fructífera que cualquier emprendimiento
que involucre una tradicional inversión de riesgo.
Con el capitalismo de
amigos, primero, y con el capitalismo de Estado, en los últimos años, el
oficialismo ha edificado un paradigma en el cual los emprendedores tienden a
ceder su lugar a los cortesanos del poder y a los lobbistas . Se ha hecho creer desde el poder
político que la relación con los funcionarios y el dominio de sus cada vez más
arbitrarias y complejas regulaciones resultan más importantes que el
entendimiento del mercado. El mejor ejemplo es el de Alejandro Vandenbroele y
los amigos del vicepresidente Amado Boudou, que, de la noche a la mañana, se
quedaron con la ex imprenta Ciccone y con un millonario contrato con la Casa de
Moneda para imprimir billetes que ni siquiera sería necesario si las
autoridades nacionales admitieran la galopante inflación y advirtieran que
debería haber billetes de 200 y de 500 pesos en lugar de tantos de 100 pesos.
El modelo kirchnerista
profundizado por el cristinismo induce a que, en lugar de demandar libertad
económica, hoy el empresario tienda a tratar de complacer al funcionario para
obtener su favor o evitar persecuciones. Y lo primero que no se puede hacer es
levantar la voz para contradecir al poder. Quien así no lo entienda se
arriesgará a sufrir el escarnio público, incluso de boca de la propia Presidenta.
Las consecuencias de no
adaptarse a ese molde las vivió días atrás en carne propia una empresa
inmobiliaria, más allá de su aparente pecado de no haber presentado
declaraciones juradas de ganancias últimamente. No hace mucho las sufrieron
varias consultoras que tuvieron la "osadía" de medir la inflación con
una metodología más confiable que la del Indec. Las soportaron empresas
periodísticas que dejaron de recibir publicidad oficial o vieron obstaculizada
la distribución de diarios por piquetes de camioneros que, en aquel entonces,
respondían a directivas del oficialismo. Las padecen directivos de diarios
acusados infundadamente por supuestos delitos de lesa humanidad. Las penan
empresarios que no navegan bajo el calor oficial y son acosados por inspecciones
impositivas, por sospechosas medidas de fuerza sindicales, por la suspensión de
líneas de financiamiento o por demoras en la concesión de licencias para el
comercio exterior. Las toleran jueces no dispuestos a "cooperar" en
causas que interesen al poder político y, finalmente, los gobernadores
provinciales e intendentes no alineados con la Casa Rosada, condenados por la
discrecionalidad del mayor unitarismo fiscal de los últimos tiempos.
El empleo del miedo como
método alcanza a extraños y a propios. Los ministros y colaboradores de la jefa
del Estado saben que, desde siempre en la era kirchnerista, se hallan sometidos
a un control obsesivo acerca de todo lo que hacen y dicen, y también sobre lo
que no dicen, especialmente cuando de ellos se espera que, vía Twitter o como
sea, salgan a defender decisiones presidenciales.
No hay lugar para
verdaderos ministros capaces de dimensionar con objetividad los problemas y
hacerle ver la realidad a la Presidenta; apenas hay espacio para complacientes
edecanes. Tampoco hay lugar para la idoneidad, desplazada por la obsecuencia.
El beneplácito de la jefa es el único control de calidad. Sólo falta que, como
en otras épocas, se repita hoy la anécdota atribuida a tantos dictadores
latinoamericanos que le preguntan a un colaborador qué hora es y de inmediato
reciben como contestación: "La que usted quiera, mi general".
Es así como los mensajes
presidenciales, recurrentemente, se caracterizan por grandes ausencias, como la
inseguridad o la inflación, en tanto se centran en viejos pergaminos que
adornan los muros kirchneristas desde 2003, como el crecimiento a tasas chinas,
la caída del desempleo y el boom del consumo. Se añade desde no hace mucho el
afán por convencernos a todos y a todas de que nuestro gran problema es
"el mundo que se nos cae encima", aun en momentos en que el precio
internacional de la soja bate récords. La manipulación está a la vista: con la
misma convicción con que hoy endilga al mundo la desaceleración de nuestra
economía, Cristina Kirchner obvia toda mención al viento de cola mundial que
permitió la fuerte aceleración económica de los primeros años de la era K.
La política del miedo de
una Presidenta que suele confundir la ley con su propia voluntad convive con
otros temores. Aquellos que reinan en operadores económicos que hoy recuerdan
declaraciones hechas en octubre pasado por el entonces viceministro de
Economía, Roberto Feletti, en el sentido de que, una vez ganadas las
elecciones, "el populismo no tendrá límites porque tiene las herramientas
para apropiarse de la renta". Lo que en aquellos días sonaba desmesurado,
hoy parece una profecía. ¿Qué vendrá tras el cepo cambiario? ¿Acaso una
nacionalización de los depósitos bancarios, como puede sugerirlo la reciente
imposición a los bancos de prestar dinero a tasas negativas?, se preguntan
empresarios.
El auge de la
sustitución de reglas habituales por procedimientos cada vez más arbitrarios
sustentados en una política dirigista e intervencionista ha abierto en el país
un espacio incierto donde todo es posible. La Argentina kirchnerista es una
cantera inagotable para la imaginación.
Por Fernando Laborda | LA NACION.
Publicado por lanacion.com.ar
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