La presidenta de la Nación, Cristina Fernández, parece no tener
límites. Ni políticos ni jurídicos ni institucionales. El deseo presidencial de
desplazar al gobernador Daniel Scioli revelado, con intención o con ingenuidad,
por el intendente de Lanús, Darío Díaz Pérez, debería escandalizar a todo el
arco político. Sin embargo, la embestida es tomada con toda naturalidad por el
oficialismo, la oposición e incluso los medios. Como si formara parte de los
derechos de la jefa del Estado.
Todos los funcionarios con cierta responsabilidad saben que no se puede
administrar la provincia de Buenos Aires sin ayuda del gobierno nacional. La
Presidenta también. Lo saben desde que en 1996 se "congeló" el Fondo de
Reparación del conurbano en 650 millones de pesos, lo que hoy equivaldría a
12.000 millones de pesos por año. Por eso es tan sorprendente que, de un día
para el otro, Fernández califique a Scioli como el peor administrador del
planeta. O mejor dicho: que empiece a reparar en su "pésima" gestión después de
que el gobernador admitiera que tiene pretensiones de sucederla si es que Ella
misma no pelea por su propia reelección.
Seamos serios. Scioli tiene un déficit que algunos ubican entre los 8000 y
los 12.000 millones de pesos. Pero también la nación que maneja Cristina
Fernández tiene un agujero negro. Y según los economistas más precisos,
alcanzaría los 80.000 millones de pesos. La diferencia entre Ella y Scioli es
que la Nación puede emitir moneda y el gobernador, no. De hecho, la emisión de
moneda es lo que, durante los últimos cinco años, le fue colocando el porcentaje
a la inflación real. Todos los que la contabilizan calculan que, además de
incentivar algo el consumo, la emisión monetaria de 2012 llevará el costo de
vida a cerca de un 25 por ciento anual.
En realidad, para ser más serios todavía habría que pedir a la mayoría de las
provincias que administraran mejor su presupuesto y evitaran aumentar su déficit
cada mes. Uno de los pocos distritos que tienen superávit es la ciudad de Buenos
Aires. Sin embargo, el jefe de gobierno de la ciudad tampoco duerme tranquilo
porque sabe que la administración nacional pretende desfinanciar su presupuesto
en tres mil millones de pesos. Ese es el monto que le insumiría a la Ciudad el
retiro de la Policía Federal, el traspaso de la administración de los colectivos
y los subtes y el quite de los subsidios para el pago de las tarifas de los
edificios públicos. Es, ni más ni menos, que "el excedente" que le permite a
Mauricio Macri hacer algo de "obra", mostrar una ciudad más "agradable" y lograr
mejor imagen y más intención de voto para su futuro proyecto presidencial.
Los talibanes del cristinismo no tienen remedio: se quejan de la ola naranja
de Scioli y de la bicisenda y el Metrobús de Macri, pero no explican ni
justifican los miles de millones de pesos que gastan en propaganda política, los
4000 millones de pesos que ya se consumieron en el Fútbol para Todos, y los
miles de millones de pesos que invierten en publicidad oficial y que distribuyen
sólo a los medios amigos. Si Cristina Fernández redujera los subsidios a las
empresas de energía y transporte, ahorrara la millonada de pesos que dilapida en
publicidad oficial e impulsara una reforma impositiva que hiciera pagar más a
los sectores que obtienen superrenta, como las mineras y los casinos, tendría
más autoridad moral para exigir a los gobernadores que cuiden más los pesos que
recaudan.
Pero detrás de la ofensiva contra Scioli no parece estar sólo el reclamo de
mayor eficiencia, sino la pretensión de destruir al gobernador, para evitar que
se quede con el poder que Ella maneja sin control y a discreción. Lo único que
parece limitar, hasta ahora, su poco democrática manera de ejercer el poder es
la desaceleración de la economía y el mal humor creciente de muchos argentinos
que no la votaron, y de parte de los que la votaron también. Además parece
limitarla la composición del Senado cuando sus proyectos necesitan los dos
tercios de los votos, como sucedió cuando no pudo imponer a su candidato a
procurador general de la Nación, el impresentable Daniel Reposo. Apropósito: la
falta de límites a los golpes de autoridad de la Presidenta incluyen, por
cierto, la inacción, desaparición o destrucción de los organismos de control. Y
esto abarca no sólo a la justicia federal, donde los fiscales y los jueces
tienen cada vez menos autonomía y sienten cada vez más miedo. Esto incluye a la
Oficina Anticorrupción, la Fiscalía de Investigaciones Administrativas, la
Sindicatura General de Empresas Públicas, la Unidad de Información Financiera y
la Inspección General de Justicia, organismos a los que el Gobierno fue
colonizando tal como lo hizo Néstor Kirchner en la provincia de Santa Cruz.
Analistas políticos cercanos al oficialismo presentan casi como una herejía
la pretensión de Scioli de competir por la presidencia en 2015, mientras los
cristinistas más fieles ya trabajan en la sintonía fina que les permita imponer
primero la reforma constitucional y después la reelección. Macri, que considera
el intento reeleccionista de la Presidenta un suicidio político, tiene la
intención de convocar a los dirigentes de toda la oposición para que, en el
momento oportuno, se pronuncien en contra. Hace tiempo que el jefe de gobierno
trabaja en un núcleo de acuerdos básicos para ponerle un freno al proyecto
"vamos por todo". Muchos peronistas no cristinistas y muchos radicales están de
acuerdo con sentarse a conversar, pero ninguno quiere darle a Macri la
posibilidad de encabezar la movida. Ricardo Alfonsín y Hermes Binner son los que
más desconfían.
En realidad, el escenario de una oposición fragmentada en los momentos clave
es lo que más alienta a los soldados de Cristina para trabajar a favor de la
continuidad. El prematuro ataque a Scioli es parte de esa lectura política. Al
gobernador lo quieren derrotado cuanto antes para que no tenga tiempo de
organizar un proyecto alternativo al de Cristina 2015. El plan de mínima es que
se subordine de manera completa a las órdenes de la Presidenta. Esto es: una
intervención a la provincia de hecho, sin el decreto correspondiente pero con la
aceptación de Scioli. El de máxima es que el gobernador tire la toalla antes de
las elecciones legislativas del año que viene. Cualquiera de las dos variantes
sería perfecta para Cristina Fernández. Sin embargo, resultaría catastrófico
para un sistema político cada vez más desequilibrado y con menos
contrapesos.
Por Luis Majul | LA NACION
© La Nacion
Publicado por lanacion.com.ar
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