miércoles, 11 de julio de 2012

47. La Argentina ante el espejo de Rusia. Por Teresita Dussart | Para LA NACION


La vida de un corresponsal económico en la Argentina es una experiencia solitaria. Porque son muchos los anuncios extraordinarios -en el pleno sentido de la palabra- y pocos los interesados en conocerlos. Entre reportar los meandros de la "pesificación sí, pesificación no" del Gobierno, los triunfales anuncios de la Presidenta durante el G-20, vanagloriándose de haber concedido un aumento salarial de 25% a un gremio (aunque el aumento no tenga que ver con una drástica mejora social sino con la inflación), las desesperadas tentativas de esconder la escasez de divisas bajo todo tipo de disfraces (por caso, el relanzamiento de una política industrial cuando al mismo tiempo se traban los insumos que hacen funcionar las máquinas), el corresponsal se habrá resignado a que el lector pase a la columna de al lado.
En la política económica argentina es todo muy original, demasiado, tanto que surge una duda: ¿se podrían haber hecho las cosas de otro modo?
Poco antes de la crisis de 2001 en la Argentina, el 17 de agosto de 1998, en Rusia el rublo se estrellaba como consecuencia de una tasa de cambio artificialmente alta, de una caída severa de la producción, de la guerra en Chechenia y del impacto de la crisis asiática. La inflación aumentó de modo ditirámbico y, por si fuese poco, el país entero se veía apretado bajo el más nefasto de los cepos, la corrupción, profundamente arraigada en el legado de la burocracia soviética. Esa época se tradujo en una pérdida de 30 puntos del PBI que se llegó a comparar con la gran depresión de los Estados Unidos en 1929. Pero en 2000, ayudada entre otras cosas por el impulso de las exportaciones como consecuencia de la devaluación del rublo y de los altos precios de la energía, Rusia, que es octavo y primer proveedor mundial de petróleo y gas, respectivamente, había encontrado dos parches importantes para su malograda economía.
La comparación es inevitable. Los Kirchner llegaron al poder en 2003, dos años después de la crisis de 2001; Vladimir Putin lo hizo dos años después de la crisis rusa. Como él, se beneficiaron de un mercado muy favorable para las commodities. Pero el ruso demostró que no se contentaría con sacarle renta política a una variable coyuntural e implementó entre 2000 y 2004 una política económica tendiente a alejar cualquier posibilidad de regreso a un escenario como el de 1998. Para eso creó un fondo de estabilización económica alimentado por los ingresos del petróleo, que sirvió para pagar la deuda al FMI y al Club de París y para solventar la caja de jubilaciones. Desde 2007 la inflación rusa fluctúa entre 3,5 y 6%, las reservas del banco central son de 300.000 millones de dólares, el nivel de endeudamiento externo representa el 10% del PBI y varias empresas nacionales figuran en puestos en permanente ascenso de la clasificación Fortune Global 500: entre otras, Gazprom, en el puesto 15 desde este año; Lukoil, en el puesto 49.
Progresivamente, Putin fue afirmando el desarrollo de su política industrial bajo esta idea: somos emergentes, eso nos da derecho al proteccionismo. Sin embargo, más de una vez los rusos no dudaron en pasar la línea roja del espionaje industrial con tal de que el proteccionismo no fuera sinónimo de producir baratijas invendibles e infamantes para el criterio de calidad del "made in Rusia".
A 23 años de la caída del Muro, la Argentina cierra sus fronteras como en una película de la Guerra Fría. Se prohíbe la importación de productos de calidad para colocar, en manos de unos pocos grupos nacionales, la producción de sustitutos mientras el abanico de consumos se va cerrando día a día. Los efectos secundarios de las políticas de Moreno son sólo comparables al impacto del síndrome de la vaca loca sobre la exportación del bife inglés. Costará mucho convencer a los mercados externos de que la marroquinería argentina no se reduce a las chancletas de plástico chinas de La Salada presentadas en Angola.
Vladimir Putin no compite para mejor demócrata del mundo, pero hoy su oposición está conformada por una clase política profesional que le da guerra al Ejecutivo. Eso es el fruto de una democratización de la sociedad civil. Lo que sí se le debe a Putin es haber entendido que la principal divisa que mueve la economía es la información, más que el dólar, el franco suizo, el euro o el yen. Por eso se construyeron herramientas de información económica transparentes. El Banco Central Ruso ya había sido auditado en 1997 por Pricewaterhouse Coopers para saber qué hacía la institución con los fondos prestados por el FMI, con lo cual Rusia se había acostumbrado a la idea de que quien presta, invierte y compra tiene un derecho inalienable a la información. Ese acceso a la información es fundamental para crear valor y para encarar una política monetaria, porque de la información se hace inteligencia.
Los Kirchner, en cambio, se fueron encerrando en una folklórica y patoteril intervención del Indec. Con esa maniobra, el matrimonio presidencial dirigió a la comunidad de inversores la más desalentadora señal de la no confiabilidad institucional argentina.
Rusia sigue siendo dependiente de sus materias primas pero se diversificó y creó instrumentos de corrección. Para bien, para mal, su voz volvió a resonar en el concierto de las naciones, y eso es importante para que haya equilibrio. En cuanto a los Kirchner, la mejor prueba de que fueron los continuadores de las políticas que hicieron posible 2001 es la correlación entre soja y crecimiento.
En este contexto, se hace más insondable la obsesión por seguir castigando al campo, cuando a éste le toca tener que jugar en una cancha embarrada por las escandalosas subvenciones a los chacareros de Estados Unidos y de Europa.
Tanto proyecto supuestamente copernicano pero ninguna idea para encontrar el camino de vuelta al mercado del crédito, ni aliados políticos ni peso en recintos internacionales, más allá de alguno de los tantos grupos subcontinentales que todavía tienen como tarea pendiente lograr aunque sea algo de integración regional. Esta comparación sólo sirve para demostrar que, en efecto, se podían haber hecho las cosas de otro modo. Eso sí, se logró un modelo original de viento de cola.
© La Nacion
Por Teresita Dussart  | Para LA NACION
Publicado por lanacion.com.ar



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